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 La horrible aventura de Rudy

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JCLeón
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MensajeTema: La horrible aventura de Rudy   Vie Dic 08, 2017 2:21 am

Imagínenme de estatura mediana, cabello rubio y lacio, bigote abanicado y unos ojos de color ámbar que podrían domar incluso a la hembra más  salvaje. Imagínenme como alguien de cuerpo precioso; perfectamente esbelto y ágil, de paso suave y ligero, firme y atractivo. Supongan que soy todo un seductor experimentado; uno que fue testigo de un suceso digno de ser contado. Pueden llamarme Rudy, si así lo desean.
Todo  comenzó hace apenas una semana. Era una noche tranquila, como cualquier otra noche de verano en el vecindario. Después de comer una galleta y  beber un poco de leche quise dar un paseo de media noche, para estirar los músculos y derrochar hermosura en los alrededores.
 Andrés acababa de llegar al apartamento; nervioso y visiblemente estresado, así que acaricié sus pantorrillas durante un rato y quise hacerle entender que volvería pronto para dormir a su lado. Se veía tan cansado y angustiado que me hizo pensar que quizá sería mejor quedarme y hacerle compañía mientras bebía su botella de ron, pero al final me ganó la sed de acción y salí del apartamento en busca de las aventuras nocturnas que darían origen a este relato.
No tenía un plan específico. Esa noche quería dejar el giro de mis andanzas en manos de la improvisación, después de todo eso hace un seductor.
Tal vez fueron los giros inesperados de la improvisación, tal vez fue el destino o quizá fue tan solo simple y vulgar casualidad, lo que guió mis pasos esa noche a la azotea del edificio.
Siempre había acción en ese lugar, era ahí donde le hacíamos el amor a Sofy, siempre y cuando la naturaleza nos lo permitiera. Me gustaba escucharla hacer esos sonidos que oscilaban entre el placer y el dolor; me llenaba de una excitación extra que hacía del momento una experiencia casi mágica,  así que cada vez que era mi turno mordía su cuello con fuerza y me aseguraba de escucharla gemir con atención, hasta que finalmente me corría dentro de ella.
En la azotea también se llevaban a cabo algunos combates improvisados entre los chicos, para decidir quién  sería el primero en recibir los encantos de Sofy. Esa noche, estando por casualidad en el lugar de nuestras orgías, esperaba tener un poco de suerte con ella, pero la noche me tenía preparada una sorpresa diferente.
Al llegar descubrí, para mi asombro y desgracia, que  Sofy y los demás no estaban y aunque me extrañó un poco el hecho de no encontrarlos en una época del año en la que era muy común tropezarse con ellos y verlos retozar o jugar como cachorros, decidí no prestar mayor atención al asunto, de manera que me dediqué a disfrutar de la brisa fresca de la noche y entretenerme un poco viendo las luces del vecindario.
Había un silencio especial esa noche, un sepulcral, precioso y al mismo tiempo incómodo silencio. Había algo extraño en el ambiente, un algo singular que me erizaba la piel.
Sentado en el borde de la azotea, pude divisar una cosa que me llamó exageradamente la atención. Se trataba de un bulto grande y blancuzco que yacía en el callejón tras el edificio. Cada centímetro de mi cuerpo suplicaba que no me acercara a ese lugar, que volviera al apartamento y durmiera toda la noche acostado junto a Andrés; pero no seguí mis instintos, no hice caso a mis presentimientos. Fui curioso e imprudente, pero era noche de improvisación e improvisar era mi obligación. Bajé velozmente, casi a saltos imposibles, hasta llegar al lugar y entonces la vi:
La señora Gertrudis yacía inmóvil en un charco de aguas negras; junto a los botes de basura del callejón. Vestía una bata de dormir ancha y semitransparente. Su rostro, era una masa asquerosamente deforme y oscura en la que los ojos escapaban de sus cuencas, grotescamente desorbitados. Las arrugas de su vejez, apenas se notaban a causa de la hinchazón. Llevaba un cordón de zapatos incrustado en la carne de su cuello, en una profunda herida de la que manaba un torrente de sangre descomunal. Quien la haya estrangulado, quería estar bien seguro de que no le delatara y ajustó el cordón  con toda su fuerza. La pobre, obesa y  anciana señora Gertrudis no tuvo mejor alternativa que la de morir, para escapar del sufrimiento de aquella horrenda experiencia.
La señora Gertrudis es… o más bien era: una anciana sonriente, gorda y amable que vivía en el apartamento 503; ubicado justo al frente del mío. Ella vivía junto a su hija; una joven delgada y pálida a quien todos llamaban Maruja y por la cual Andrés sentía tal estúpida atracción desmedida, que muchas veces rayaba en la obsesión.
Adoraba a Andrés; era un sujeto inteligente y gentil, pero debo admitir que para estas cosas del cortejo era un completo idiota.  Maruja no le era indiferente y le coqueteaba con regularidad. Ese tipo de coqueteo sutil y frecuentemente usado por las chicas: “¿me regalas un poco de azúcar?”, “¿me ayudas a meter mi nuevo refrigerador al apartamento?”, “¿me acompañas a la farmacia?”, “¿me ayudas a quitarme la ropa interior? es que hace mucho calor” Bueno esa última nunca se la oí decir, pero ustedes entenderán mi punto. De manera que no me sorprendió en absoluto que a la mañana siguiente de mi aventura nocturna; durante la hora del desayuno, ella apareciera en nuestra puerta con una de las frases más trilladas y  poco originales del mundo. Yo fingía dormir en el sofá mientras escuchaba la conversación:
― ¡Andrés, mi madre ha muerto! ¡Encontraron su cuerpo en el callejón! ―dijo arrojándose a los musculosos brazos de Andrés y hundiéndose en sus prominentes pectorales.
De acuerdo, no era una excusa barata y francamente era una frase bastante original la que usó esa vez, tan original como cierta. La noche anterior, yo mismo había hallado el asqueroso cuerpo de su madre, que a esas horas debía estar repleto de moscas y apestando a demonios gratinados en mierda.
―No te preocupes, todo va a salir bien ―dijo Andrés, abrazándola fuerte y dejando caer poco a poco sus manos sobre la curvatura de su trasero. La frase de Andrés era estúpida ¿Cómo demonios las cosas iban a salir bien? La vieja estaba muerta, había sido asesinada por un maldito psicópata. Decir que todo iba a salir bien, mientras había un loco estrangulando a las ancianas del vecindario, era un absurdo; pero  por alguna razón inexplicable a ella parecía bastarle escuchar esta única frase para calmar su nerviosismo.
Se separaron un instante. Los ojos de Andrés  y los de Maruja se encontraron en una especie de comunicación silenciosa, en la que ella le agradecía su comprensión y el intentaba decirle algo más inteligente y acorde a la situación. Yo los observaba con los ojos entreabiertos.
―Gracias, eres tan… lindo y dulce conmigo ―le respondió la muy zorra con una vocecilla tenue y los ojos llorosos, antes de volver al refugio musculoso que representaba el pecho de Andrés.
―Todo va a salir bien ―volvió a decir Andrés, haciéndome creer que de verdad sufría retardo mental ¿Acaso era la única maldita frase que se sabía? ―. ¿Ya has llamado a la policía?
―La policía estuvo desde temprano por acá, fueron ellos los que me avisaron ―susurró entre gimoteos con la mirada esquiva―¡La encontraron en el callejón, Andy! ¡Estaba ahí tirada como un animal! ―concluyó, antes de romper en llanto de nuevo, convirtiendo sus ojos en un par de cataratas.
“¿Andy? ¿A caso lo llamó Andy? Maldita puta igualada” pensé al verla aferrarse al cuerpo de Andrés como una sucia garrapata. Lancé un bufido de molestia al ver tanto descaro. Ellos miraron en mi dirección al escucharme, pero fingí seguir dormido; tenía curiosidad de ver hasta donde llegaba esta conversación. Ella se veía tan afectada que a pesar de la repulsión y  todo el odio que despertaba en mí, pude sentir algo de pena por su dolor.
―¿Cuándo es el funeral? ―preguntó él, apartándola de su cuerpo y acercándole una silla.
Ella se sentó, secó un poco sus lágrimas con el borde de sus manos. Él la miró atontado unos segundos, como admirándola.
No puedo mentir, Maruja era una mujer hermosa. El tipo de mujer con la que todo hombre desearía estar. Su cuerpo era un conjunto de curvas bien distribuidas que no llegaban a ser despampanantes;  pero esas formas disimuladas y sutiles la hacían lucir realmente bella. Era como si no necesitase mayor volumen en sus pechos o trasero, como si todo en ella tuviese su justa proporción. Su rostro era una figura elíptica perfectamente simétrica,  en la que destellaban una par de ojos grandes y oscuros que hacían juego con unos labios carnosos y una nariz fina y perfilada. Su cabello oscuro y rizado era lo mejor de ella; era tan largo que caía sobre su cintura ocultando parte de su trasero, era uno de esos cabellos con los que uno jugaría durante horas y horas.
Sí, era una mujer hermosa pero aun así la odiaba, odiaba que siempre estuviese curioseando dentro de nuestro apartamento y su carita de mosca muerta cada vez que le coqueteaba a Andrés -eso nunca me había inspirado confianza- y obviamente, detestaba la cara de idiota que él ponía cada vez que ella aparecía; pues en ese momento el resto del mundo dejaba de existir para el muy tonto, incluso yo. ¡Soy hermoso, maldita sea! detestaba que me ignorara por esa niña estúpida.
―No habrá funeral ―respondió un poco más calmada. Parecía desorientada, como si de pronto no supiese que hacer con su vida. Su mirada era triste y vacía―. Ella habría preferido ser cremada.
―Créeme que lamento todo esto, ella era…―Andrés calló, quizá luchando por encontrar un adjetivo en lo más recóndito de su mente. Lo único que sabía y que realmente le interesaba de la señora Gertrudis, era que tenía una hija que lo obsesionaba, una joven hermosa en edad reproductiva y tan sexy que habría sido capaz de freír un huevo con el calor de sus caderas; que si bien no eran exuberantes, estoy seguro de que habrían bastado un par de golpes de cadera para hacer eyacular a cualquier hombre, animal o extraterrestre. Al menos eso suponía cada vez que Andrés corría al baño a masturbarse luego de las tontas visitas de la “vecina necesitada”―. Ella era una buena persona ―completó por fin el tarado.
Luego de una media hora en la que Maruja contó entre sollozos lo importante que había sido Gertrudis en su vida; lo buena madre que fue, los abrazos que habría querido darle y otro montón de tonterías, nadie pensaría que ese era un buen momento para que ocurriera lo que entonces ocurrió.
Andrés haciendo un esfuerzo tremendo por hacer a un lado su lentitud y su torpeza, la tomó de la barbilla, la miró fijamente a los ojos y la besó. Abrí los ojos de la impresión, pero los entrecerré inmediatamente para ver furtivamente que tan lejos llegarían.
―Disculpa el atrevimiento ―le dijo él, mientras ella lo veía visiblemente sorprendida―. Sé que no es un buen momento para decir esto, pero tú me gustas desde la primera vez que te vi y sé que yo también te gusto.
Ella se levantó de la silla con el ceño fruncido.
―Tienes razón, no elegiste un buen momento ¡Andrés, mi madre acaba de ser estrangulada por un enfermo psicópata! ―ella comenzó a caminar rumbo a la salida―. Ese asesino debe andar por ahí, tal vez buscándome y a ti solo se te ocurre decirme estas cosas.
Él  se levantó  y la tomó de la mano impidiéndole dar un paso más.
―Dime que no sientes lo mismo y no pondré objeción en que te vayas ―Andrés hablaba con una firmeza y determinación que nunca antes había visto en él―¿Por qué estás aquí? ―preguntó.
― Yo solamente quería…
Andrés tiró de su mano halándola hacia su cuerpo, para fundirse en un muy ajustado abrazo.
―¿Qué querías? ―le preguntó en voz baja mientras rozaba los labios de la chica con su nariz, como si quisiera capturar el aroma  de su aliento―. Dímelo, por favor ―susurró.
Yo estaba atónito, francamente era una situación inusual. Hasta hace algunos días Andrés había sido un pelele incapaz de cruzar la calle sin mirar unas cincuenta veces a ambos lados, un idiota que quedaba mudo cada vez que una mujer medianamente atractiva le dirigía la palabra, un onanista perpetuo por culpa de su timidez extrema y de pronto, aprovechando la “lamentable situación”, se convertía en una especie de seductor demente y sin escrúpulos. Definitivamente su actitud no era normal.
La besó intensamente. Al principio ella le correspondía, pero luego, cuando quiso rechazar sus besos a empujones, Andrés hizo uso de su fuerza para retenerla en sus labios. Ella forcejeaba, sollozaba y trataba de resistirse a los violentos mimos de Andrés. Él era tosco y agresivo; ejercía presión en su cabeza manteniéndola pegada a sus labios. Ella comenzó a gritar que la soltara o al menos eso supuse, ya que sus palabras se ahogaban y se hacían incomprensibles bajo los labios de él y justo en el momento en el que creí que cometería la idiotez de violarla en el piso de nuestra sala, ella logró zafarse y propinarle una fuerte bofetada, cuyo sonido me sorprendió de tal manera que casi me hizo caer del sillón -Lo que habría arruinado mi plan de espionaje-
―¡Lo siento, Andrés! ―dijo antes de salir corriendo del apartamento, con la cara empapada de lágrimas.
Andrés se quedó un instante como congelado en el lugar donde Maruja lo había rechazado. Llegué a pensar que el golpe había sido tan fuerte que lo había clavado al piso de la sala, pero luego caminó hasta el sillón donde yo “reposaba”. Se sentó junto a mí  y dijo:
―Estoy harto, Rudy―entonces abrí los ojos y pude verlo llorar por primera vez en mucho tiempo―. Estoy harto de ser un idiota.
***
Los días que siguieron a aquel acontecimiento fueron agobiantes. Andrés permanecía sumido en un pesado trance,   a penas comía o  se bañaba  y casi no me dirigía la palabra. Parecía otra persona y como su actitud me aburría inmensamente, trataba de pasar el menor tiempo posible en casa. Mis paseos se volvieron más largos y prolongados, tanto, que solamente volvía para dormir; pero eso sí, siempre junto a él. A pesar de que me ignorase y me ocultase la obvia razón que motivaba su decaimiento yo no pensaba abandonarlo, aún.
Pasaba horas sentado en suelo, con la espalda apoyada a la puerta de la entrada, se acostaba a ver la pantalla de su celular hasta que el sueño lo vencía y algunas veces salía con determinación del apartamento, se plantaba frente a la puerta del 503, levantaba un puño para tocar y finalmente suspiraba desanimado, se devolvía con la mirada baja y se refugiaba en su habitación a llorar y  beber whisky. Estaba mal el pobre infeliz.
 Supongo que él pensaba que Maruja  no volvería a dirigirle la palabra; lo que había hecho podría pasar fácilmente por un intento de violación. ¿Qué mujer en su sano juicio volvería a acercarse a un hombre cuyos instintos rayaban en la psicosis? ¿Qué mujer frecuentaría  a un hombre, que actuaba de manera tan extraña justo en el momento en que su madre había sido asesinada por un lunático? La respuesta era sencilla, tan sencilla como absurda y es que tres días después de la bofetada, ella apareció nada más y nada menos que con un plato grande entre sus manos. Cuando él abrió la puerta no pudo hacer más que mirarla sorprendido.
―Hola, Andrés ―dijo ella apretando sus labios y pestañeando exageradamente, en una mueca que dejaba en claro que venía en son de paz.
―Pasa ―respondió él, mientras bajaba la mirada en una mezcla de vergüenza  y contrariedad.
Después de un largo silencio en el que ambos se mordían los labios  y miraban a su alrededor indecisos, fue ella quien habló:
―Yo…  venía a…
―Lamento lo ocurrido ―interrumpió Andrés con aflicción. Yo fingía tomar leche en la cocina, pero podía ver y oír todo lo que ocurría y es que era algo que francamente no podía perderme―. Me comporté como un idiota contigo ―continuó él mientras hundía los dedos en su desarreglada cabellera―, pero es que me gustas desde la primera vez que te vi y últimamente soy incapaz de controlar mis impulsos.
Ella lo tomó de la mano.
―Lamento mucho haberte golpeado. Tú… también me… gustas ―ella bajó la mirada un poco apenada por lo que acababa de confesar―. En ese momento me sentía tan triste y desamparada que sólo quería hablar contigo, como amigos. Te conozco y sé que no intentabas hacerme daño, por eso he venido a disculparme.
―No tengo nada que disculparte, yo fui un tarado, un idiota, un cretino, un…
―No sigas Andrés, no reafirmes lo que ya sabemos ―bromeó Maruja mientras dibujaba una sonrisa en sus labios. Yo habría agregado más adjetivos, pero ella lo detuvo con su “simpatía”.
Él  también esbozó una estúpida sonrisa en su cara e intentó abrazarla, pero el plato de maruja lo mantuvo a una distancia a prueba de psicópatas y violadores potenciales. Su pene habría tenido que medir más de cincuenta centímetros para abusar de ella a la distancia que los separaba. Estaba “a salvo”.
―¿Qué traes ahí? ―preguntó  sonriente. La visita de maruja había borrado en gran parte los rasgos de abandono, desgano y tristeza que habían caído sobre él los últimos días, pero eso no me tranquilizaba del todo, si algo había de cierto en las palabras de Andrés; era que últimamente sus impulsos lo dominaban y por alguna razón esto me hacía sospechar de él.
― ¡Oh! casi lo olvidaba es… es pastel de carne. Lo preparé esta mañana y pensé que sería buena idea usar mi talento culinario para hacer las paces.
―Me parece que es una bonita forma de hacer las paces ―bromeó Andrés con una sonrisa triste. Y vaya que era una buena forma de borrar los malos entendidos y los sucesos incómodos. ¡Había dicho pastel de carne! si eso no solucionaba cualquier roce del pasado, definitivamente nada lo haría.
―Me siento muy sola desde lo ocurrido con mamá y pensé que quizá tú y Rudy podrían hacerme un poco de compañía durante la cena ―dijo apartando de forma coqueta  el fleco de cabello que se empeñaba en caer sobre su cara. Ella había dicho que yo también podía ir y en ese momento llegue a considerarla la chica más encantadora del mundo. ¡Me estaba invitando a la cena! Sé que lo único que quería era pasar tiempo con Andrés y coquetearle a su antojo, pero el sabor de su pastel de carne borraría todo tipo de celos que pudieran atormentarme. Era una maldita calculadora, su plan era perfecto: comprarnos a ambos con su asqueroso, maldito, oloroso, caliente, apetitoso y quizá muy suculento pastel de carne. Estaba seguro de que esa noche Andrés recibiría de ella algún otro tipo de postre extra. “¡Sucia perra astuta!”  Pensé mientras se me hacía agua la boca imaginando su maldito pastel.
―Por supuesto que te haremos compañía y así tú y yo… podremos conversar un poco más.
***
Durante la cena, pude notar las miradas que ambos intercambiaban y los roces “accidentales” que tanto ella como él se hacían bajo la mesa ¡Tenía una visión casi panorámica de lo que ocurría ahí abajo! Traté de evadir lo repulsivo e incómodo de la situación y me dediqué a comer el trozo de pastel que me habían servido; estaba jugoso y tenía un sabor un tanto exótico, una mezcla algo picante con un toque de dulzura sutil, pero… ¿Para qué negarlo? ¡Estaba extremadamente delicioso! Los trozos de carne se deshacían en el interior de mi boca, regalándome explosiones de sabor que hasta el momento desconocía y el aroma, su aroma era un perfume tan comestible como hipnotizador. Aunque Andrés y Maruja se coquetearan toda la noche o incluso decidieran fornicar sobre la mesa del comedor, nada, absolutamente nada me habría interrumpido mientras comía aquel regalo de los dioses de la santa panza, aquel pastel hecho por los ángeles del infierno para cumplir la única y exclusiva misión de disolverse en mi estómago y  ser cagado al día siguiente.
―¿Te gusta el pastel? ―preguntó ella
―Me gusta ―asintió él―. Me gusta comer en tu compañía.
Ella sonrió y le dio un beso en la mejilla.
―Gracias por ser un buen amigo ―replicó sonriéndole con ternura.
―Un buen amigo ―musitó con tristeza―¡Un buen amigo! ―gritó repentinamente, furioso y decepcionado. Estaba actuando como un loco de nuevo. Ella soltó los cubiertos de la impresión. Yo seguía masticando mi pastel; siempre atento a la conversación, por supuesto―. No quiero ser solo tu amigo yo quiero…―habló lentamente. Andrés, trataba inútilmente de contener las lágrimas que comenzaban a salirse de sus ojos, mientras fingía cortar otro trozo de pastel―. Quiero… quiero que seas mi novia.
Ella le sonrió un poco contrariada y acarició su barbilla. Él soltó el cuchillo y se arrojó a sus brazos  llorando como una niña. Yo había terminado de comer mi trozo de pastel y  no quería quedarme a soportar la telenovela barata que se estaban montando estos dos. El apartamento era pequeño y no había muchos lugares a donde huir, así que me dispuse a largarme  rumbo a la habitación de maruja; ella estaba tan entretenida que ni siquiera lo notaría.
―No podemos ser novios, Andrés ―respondió  tranquila y dulcemente, como si tratara de calmar el berrinche de un niño malcriado e idiota―. Me encantas, pero entre nosotros no puede haber algo más allá de la amistad ―ella acariciaba su cabello mientras lo abrazaba. Él sólo lloraba―. Tú no sacrificarías nada por mí  porque apenas me conoces.
― ¿Qué sabes tú de lo que podría o no sacrificar? He hecho cosas de las que no me siento orgulloso, cosas en las que mi propia alma se convirtió en el sacrificio― respondió abrazándola aún más fuerte.
―No, no serías capaz de hacer ni la mitad del sacrificio que exige el estar juntos.
Idiotas de mierda” pensé mientras me marchaba hacia la habitación, con la intención de dejar de oírlos y curiosear un poco la vida íntima de Maruja.
La habitación era como cualquier otra. No ofrecía ninguna novedad en cuanto a entretenimiento. Era muy aburrido estar en un sitio lleno de estúpidos peluches y prendas de mujer esparcidas por todos lados. Estaba a punto de volver al comedor, pero entonces escuché  a maruja preguntar una vez más:
― ¿Te gusta el pastel?
Decidí quedarme en la habitación. Era obvio que su conversación daba giros en el mismo tema y podrían permanecer en un punto fijo hasta enloquecer al más paciente de los oyentes y como yo no era precisamente paciente, habría enloquecido aún más rápido.
Entonces, luego de unos minutos de exploración sin sentido, descubrí algo que me dejaría el alma helada: En un closet, bajo los ganchos de ropa y las blusas multicolor de Maruja, descubrí el eslabón perdido en toda esta cadena de raros acontecimientos, la clave de tantas frases y actitudes fuera de contexto, la razón de tantos detalles que había considerado estúpidos y que ahora comenzaban a tomar un sentido horrendo y espeluznante. En ese closet encontré: ¡un par de zapatos!
No era un par de zapatos común y corriente; era un par de zapatos deportivos, de colores claros  y franjas en contrastes bien definidos y sé que en el mundo hay montones de zapatos con estas características, pero lo que había de especial en este par de zapatos, era el hecho de que a uno de estos le faltase ¡el cordón!
Salí corriendo de la habitación rumbo al comedor, pero antes de llegar me oculté tras una columna en un punto donde podía observar “cómodamente” lo que ocurría en la mesa. Trataba de ordenar mis ideas y aclarar la mente. Mis suposiciones no podían ser ciertas, el mundo no podía estar tan enfermo, tan desequilibrado, ¡tan podrido!
Maruja y Andrés se besaban apasionadamente. Él acariciaba sus pechos y ella le ofrecía su cuello para que extendiera sus besos a un lugar más interesante. El comenzó a bajar sus manos en dirección su sexo; parecía que las cosas marchaban a la perfección, pero ella lo detuvo señalándole el pastel e incitándolo a seguir comiendo. Él, sonriendo emocionado y satisfecho, se dispuso a terminar de comer su trozo de pastel y ella tomó el cuchillo para cortar un poco más para sí misma.
―¿Te agradaba mi madre, Andrés? ―preguntó Maruja. Su mirada debía parecerme dulce; pero en ese momento, quizá debido a la autosugestión, no me lo pareció.
―Bueno, sí. Ella era muy agradable ― responde antes de llevarse un gran trozo de pastel a la boca ―¿Por qué lo preguntas? ―interrogó con la boca aun llena.
―Comes con tanto gusto.
―Es que el pastel está muy bueno.
―Se nota que te gusta mucho, eso nos unirá más.
―¿Qué cosa? ―preguntó como si no entendiera del todo las palabras de ella.
―Esto. El estar aquí… juntos, compartiendo a mi madre.
―Querrás decir el recuerdo de tu madre ― corrigió él masticando con gusto aquel delicioso pastel.
Ella le sonrió  y negó lentamente con la cabeza. Por alguna razón, en ese momento  percibí en su mirada un brillo maligno que me hizo erizar cada pelo de la piel.
El idiota finalmente comprendió lo que ella le insinuaba, al ver como la sonrisa agradable de Maruja se transformaba rápidamente en una mueca cargada de locura. Comprendió entonces que había participado en uno de los actos más repugnantes del mundo, comprendió que de un día para otro se había transformado en un sucio, asqueroso y vulgar caníbal.
Soltó los cubiertos y corrió hacia la cocina. Maruja lo siguió, aun empuñando el cuchillo que usaba para cortar el pastel. Yo corrí detrás de ellos.
Andrés comenzó a vomitar en el fregadero.
―Sabía que no eras capaz de sacrificar lo necesario ―dijo ella mientras se le acercaba por detrás―. No lo harías por ti mismo, debo ayudarte.
Maruja apretó con fuerza el cuchillo y antes de que Andrés pudiera darse vuelta, ella lo apuñaló en la nuca derribándolo al instante. Los chorros de sangre que despedía la cabeza de Andrés eran impresionantes. En unos segundos toda la cocina estaba salpicada y llena de manchas oscuras. Ella miró el cuerpo de Andrés; que temblaba en el suelo a causa de las convulsiones de la agonía y lanzó una carcajada antes de subirse sobre su espalda y comenzar a apuñalarle el cuello descontroladamente hasta arrancarle la cabeza. Yo estaba completamente paralizado, la escena era aterradora.
  Ella se levantó, tomó la cabeza de Andrés y la metió al refrigerador, donde también estaba la de su madre que aún conservaba esa horrible expresión que le había visto el día anterior, luego se acercó a mí. Su mirada era penetrante y ausente, ausente de compasión, ausente de humanidad, ¡de cordura! Ella tenía el rostro completamente rojo y brillante, empapado con la sangre del pobre infeliz.  Se inclinó hasta quedar de rodillas frente a mí. Yo estaba completamente inmovilizado de la impresión y solo podía mirarla a los ojos, esos ojos oscuros que ahora derramaban litros de interminable demencia, esa demencia que supo ocultar durante tanto tiempo haciéndonos creer a todos que era una simple puta y que solo buscaba seducir a Andrés; pero no era  solo una simple ramera, ¡era una maldita puta asesina! Había estrangulado a su madre y solo el diablo sabría el por qué. Nos había mentido, la policía jamás vino, el único que lo había visto el cuerpo era yo y ella lo sabía..
―Así siempre se quedarán con nosotros, Rudy. Así ya nunca se irán ―dijo sonriente, siempre sonriente―. Siempre estarán aquí dentro ―concluyo dándose una palmada en el pecho y otra en el abdomen.
Luego se acostó en el enorme charco de sangre junto al cadáver de Andrés, se abrazó a él y comenzó a cantar una canción de cuna. La maldita estaba realmente desequilibrada. Yo aproveché la ocasión para escaparme por la ventana y correr hasta la azotea.
***
Sé que se preguntan por qué actué como un cobarde, por qué no le advertí a Andrés del peligro que corría, por qué no me enfrenté a Maruja, por qué no llamé a la policía.
No soy un cobarde; yo amaba a Andrés y lo habría ayudado, pero me era y me es imposible dado mi condición natural, simplemente era imposible.
Perdí mi hogar. Desde ese día  vivo en azotea, de vez en cuando Sofy y los demás me hacen compañía. De alguna manera esa psicópata sabe que estoy aquí. Cada mañana encuentro un plato con un trozo de pastel de carne que deja para que no muera de hambre o para que al menos me sea un poco más sencillo el sobrevivir. He oído decir que todos los perros van al cielo y justo ahora me pregunto: ¿A dónde irán los gatos que comen carne humana?
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MensajeTema: Re: La horrible aventura de Rudy   Miér Dic 13, 2017 9:09 am

Recuerdo que cuando leí este texto, te dije el final incluso antes de llegar a la primera mitad.
Me gusta. Siempre me ha gustado. Tiene tu sello por todos lados y eso es lo mejor. Reconocer un texto por la marca del escritor.

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La horrible aventura de Rudy

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