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 {El Misterio de la Rosa }

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AutorMensaje
Anaïs Duchess
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MensajeTema: {El Misterio de la Rosa }   Jue Jun 27, 2013 3:14 am

...Camión de Mudanza, Duchess.

Spoiler:
 





" EL MISTERIO DE LA ROSA"

Aquel era un pueblo pequeño y alejado de la mano de Dios. Donde todos, para su desgracia se conocían o podían hacer rápidamente tu árbol genealógico con solo mirarte cinco minutos o menos. La mayoría de las personas que deambulaban por la plaza cada tarde y veían a Rose sentada siempre en la misma banca; mirando fijamente a las palomas, pensaban que estaba completamente loca. Incluso, algunos más avezados la consideraban una romántica excéntrica y oscura; pero romántica al fin y al cabo. Muchos hilos se tejieron entorno a ella, uno más escandaloso y bohemio que el otro. La llamaron desde niña autista por su insana afición a quedarse absolutamente abstraída con cualquier minucia hasta prostituta muda, sin ninguna base real; verdadera. Pero aquellos vocablos rudos y clasificadores no eran más que estorbosos. Rose no les daba oídos, no a nada que no fuera a ayudarla.

San Peters, como se llamaba el pueblo; la había visto nacer y crecer. Los del pueblo habían sido testigos infalibles de cómo se hacía una hermosa mujer con el paso del tiempo. Observaron cómo sus cabellos se veían más dorados que de costumbre y sus preciosos ojos azules se volvían zafiros brillantes. Si había que reconocer ciertas cosas era que la mayoría de los chicos del pueblo estaban un tanto colados por ella; pero se mantenían apartados por su locura.
Aquella introspección llamaba mucho la atención a su alrededor. Les era curioso y a la vez extraño que aquella rosa aún en botón se alejara del sol y del mundo común. Rose no vivía la vida normal de una campesina del pueblo, no. Ella tenía su propio mundo, su propia perspectiva de la vida y su propia forma de vivirla.

Algunos aldeanos pensaban que los veía por encima del hombro. Como si la princesa hubiera nacido por error allí, como si su trono estuviera esperándola a que despertara finalmente del ufano mundo.

Desde su adolescencia había desarrollado una afición casi viciosa por los libros. Siempre con nariz metida en alguno de ellos, con aquella mirada de lapislázuli perdida; ausente. Siempre sola, callada.  Sólo se la veía salir de su casa para dar prolongados paseos por las colinas aledañas, para recoger sus libros en el correo o para ir a la iglesia al servicio dominical; que como todo pueblo pequeño: La fe era la justicia y el verdugo.

Si no asistías los domingos al servicio, te condenarías. Pero no importaba cuantas veces un marido le había sido infiel a su mujer, eso era subsanable con los diez Padres Nuestros y ocho Ave Marías que el reverendo le pidiera rezar para expiar culpas. ¡Bah! Menudos pomposos. ¡Todas eran patrañas!

Muchas habían sido las ocasiones en que algún vecino, dándoselas de buen samaritano se había acercado a ella para ver si necesitaba algo. Aquel que se acercaba, la veía siempre trabajando en el pequeño huerto de su anciana madre. El único recuerdo que tenía de ella y de su padre. Allí, en esa chacra media muerta y despoblada se la encontraba siempre con la mirada hacia el cielo, perdida, absorta; o, abstraída observando alguna flor o bicho que estuviera cerca. El pueblo entero sabía que aquella chica era una amante de la naturaleza y encontraba belleza hasta en el más mínimo y sutil objeto, olvidándose del resto del mundo que la rodeaba en algunas ocasiones.
Esa era la vida normal de Rose Morrison.

Pero aquel otoño la joven dejó de lado sus viejas costumbres. Adiós a sus paseos por el campo y a su embelesamiento desmedido con las plantas y naturaleza; ahora iba a la iglesia todos los días, como si aquello la librara se alguna condena privada y maligna. Como si realmente con eso tuviera carta libre para dejar de pertenecer a alguno de los siete infiernos de Alighieri. Pero no, claro que ese no era el motivo, a Rose le importaba muy poco la iglesia y todo lo que tuviera que ver con ella. En sí, la consideraba una degenerada forma de opresión del pensamiento y actuar personal.
El motivo real de sus largas horas en aquel lugar, parecía ser un cuadro recién adquirido por el grupo de hermanas de la congregación. Las Carmelitas, habían enviado al párroco de la capilla más alejada del mundo, la ilustración del paraíso.
Una verdadera obra de arte por su exuberancia y la vivacidad de sus colores, dando la impresión un tanto confusa de movimiento y sobrecogimiento. En ella muchos ángeles estaban dibujados con sublime perfección, con rasgos tan tiernos y perfectos que todos coincidieron que aquella obra era hermosa, así no valiera ni medio real.

Rose quedó impactada en el instante en que la vio. Desde que apareció expuesto en una de las paredes del templo la muchacha quedó obnubilada por aquella belleza nueva que no conocía. Entraba a primera hora de la mañana; cuando el párroco abría la puerta y sufría incesantemente al anochecer, pues tenía que volver a casa. No se la veía comer absolutamente nada, pasaba todo el día en la penumbra de aquella banqueta, con el cuerpo encorvado y la mirada fija. Su cuerpo se iba consumiendo poco a poco, paso a paso.

Al inicio, ni el sacristán ni el cura le dieron importancia. Era otra loquita que estaba allí, sin hacer daño a nadie ni barullo alguno. Con el tiempo, comenzaron a observarla más, les llamó a la atención que su postura fuera siempre la misma: encorvada, privada de su libertad. Se preocupó más cuando sus feligreses dejaron de sentarse en esos sitios y en la mitad del sermón los escuchaba hablar de la loca de la pintura. La incomodidad que producía aquel ser sentado en el rincón más oscuro y con la vista fija a la pared hizo que el señor cura se propusiera hablar con ella seriamente.
A la mañana siguiente, el abate abrió el templo como todos los días y encontró a Rose parada fielmente; esperando. Le pareció un comportamiento tan raro que cuando ella hubo ocupado su banca favorita se le acercó.

—¿Qué te llama tanto la atención de ese cuadro, hija? —El sacerdote esperó lo que pareció una eternidad. Cuando parecía que no le iba a responder, se escuchó:

—Quiero…quiero que me mire.

—¿Quién tiene que mirarte?

Pero Rose calló. No volvió a dirigirle la palabra a nadie en todo el día dejando al sacerdote bastante intrigado. El hombre se propuso observar detalladamente el comportamiento de aquella muchacha. Quizá, solo quizá, tuviera que encerrarla por la seguridad de todos. Negó pacientemente y centró su energía en otras cosas más productivas.

Los días fueron pasando y el presbítero tuvo más presión que se costumbre. Intentó entablar una conversación con Rose, pero ella no volvió a vocalizar letra alguna. Sus respuestas eran las mismas, silencio máximo.

Cansado de esa situación, una noche el párroco decidió examinar minuciosamente el cuadro para encontrar aquello que tan fascinada la tenía. No demoró mucho en encontrar la “x” del gran tesoro, en la dirección de la mirada de la muchacha se encontraba: Un ángel. Así de simple. Un ángel que no observaba a nadie. Todos los demás arcángeles se miraban entre ellos y parecían disfrutar de conversaciones amenas, pero éste no. Él parecía aislado del cuadro, solitario, un poco macabro y cansino.

El longevo sacerdote hizo la señal de la cruz, por si acaso. Oteó las manos de la pintura escondidas detrás de sus vestiduras, aquellas que dejaban apreciar una espada de costado con incrustaciones en rubíes y un decorado en letras arameas al borde de la hoja de acero. La expresión de su rostro era impertérrita. Sin ninguna alegría, sin ninguna lástima, sin ninguna emoción; totalmente solemne, a excepción de su mirada. Aquella que estaba perdida más allá de lo que mostraba la escena pintarrajeada.

Sin comprender aún las cosas al cien por cierto, el cura se fue a descansar. Por la mañana sería otro día y una nueva aventura comenzaría. De repente la almohada ayudaría a su investigación.

Así pues, con el llegar del alba las actividades volvieron a su curso. El sacristán limpiaba las estancias y el señor cura abría la iglesia a la misma hora, como de costumbre. Respiró hondo, absorbiendo un poco de aquel viento afanoso y observó lo encapotada que venía la mañana, parecía que iba a llover. Sin darle real importancia se refugió en su escritorio. Poco después llegó Rose, un poco agotada por el esfuerzo físico de caminar colina arriba.

Como todos los días ocupó el banco de siempre; pero esta vez su mirada no estaba perdida. Ella observaba directamente aquel hierático personaje. A pesar que no abría la boca, sus ojos centelleaban al fulgor de algo realmente oscuro y pernicioso.

“¡Dígnate a mirarme! ¡Acaso eres más o mejor que yo! ¿Qué debo hacer para que me mires a mí?” murmuró la muchacha para su foro interno.

Al medio día, el párroco le llevó comida en un acto meramente caritativo. Veía a la muchacha excesivamente demacrada y temía lo peor. Las voces del pueblo comenzaron a agrandarse, incluso comentaron con él la posibilidad de mandarla a un manicomio; pero él se negó. Su conciencia no estaría tranquila y además no hacía ningún mal a nadie. Solo estaba allí, como un fantasma, como una sombra. Tras una discusión con el clan de servidoras de la parroquia, Rose terminó quedándose. El señor cura ganó la disputa a cambio de hacerse responsable de ella, totalmente responsable.
Rose pasó a ser otra bella estatua de mármol de la habitación a la cual quitarle el polvo. La cuidaba como a ellas y le hacía compañía en su tiempo de ocio sin hablarle, sin molestarla ni perturbarla. Así pasaron muchos días y tardes. Rose estaba cada vez más desmejorada, pálida verdosa y con unas ojeras que la volvían casi un zombie. Todo en paz, armonía y calma; en lo que cabía.

Hasta que una noche cuando fue a cerrar el señor cura se dio cuenta que llovía torrencialmente. Los rayos chispaban en el cielo y las luces multicolores clamaban por la atención del ojo humano. Muchos árboles habían perecido a la fuerza de la naturaleza y el viento se llevaba otras ramas caídas, estrellándolas contra cualquier objeto que encontrara en su camino.

En un acto de bondad se acercó a la frágil muchacha que ahora parecía de cristal y le comentó quedamente:

—Tengo que cerrar, pero el cielo se está cayendo fuera. ¿Te quedarías esta noche? —Rose no articuló palabra, no se movió de su sitio. El cura negó. Cuando iba a retirarse la vio asentir dos veces. — De acuerdo, niña.
Dudó un momento mientras levantaba su cuerpo de la silla, pero llegó a la conclusión que todo era mejor así. Si Dios era piadoso con él dejaría de llover y podría enviarla a casa, sino, se quedaría allí toda la noche. Cerró la puerta tras su espalda y se fue.

“Vuelve, por favor. No me abandones ahora. Lo prometiste, prometiste que nunca me abandonarías.” Pensó Rose levantando la mirada y recriminando a la pintura colgada.

—Dijiste que estarías, dijiste que cuando él se fuera… —sollozó— ¡Lo prometiste! ¡No lo he soñado! —observó la pintura y nada pasó— Mentiroso —Abalanzó su cuerpo debilitado sobre el cuadro, pasó con delicadeza la yema de los dedos por aquella superficie cálida—. ¿Por qué no cumples con lo que prometiste?

Levantó un puño dispuesta a golpear la pintura. La furia recorría su cuerpo mientras buscaba un desfogue rápido. ¡Maldito ángel mentiroso! Justo antes de encajar el golpe una mano gruesa y poderosa la sujetó de la muñeca, deteniéndola.

—Dije que vendría —exclamó una voz cansina y penetrante—. Nunca miento.

Rose se quedó maravillada con aquello. No podía creer que estaba viendo el rostro que tanto había deseado observar hecho carne. Aquellos ojos grises la observan a ella, sólo a ella, clavándose en lo más profundo de su alma. Extrayendo un análisis minucioso de su volátil pero sincero corazón.

Sin poder evitarlo, se abrazó con fuerza a él; con desesperación y agonía, como si su vida dependiera de ello. La muchacha sintió el torso desnudo de él aplastándole los mullidos pechos femeninos. Rose acarició su espalda con expectación. Rápidamente notó que faltaban sus alas. Lo observó sin comprender y luego miró hacia el cuadro sin demora para ver que aquellas maravillas hechas de plumas aún seguían allí.

Gabriel observó la trayectoria de los ojos de la muchacha y supo lo que estaba pensando.

—No puedo encarnarme con mis alas —le explicó acunando el rostro suave y terso de ella—.No soy un ángel —rió sutilmente, sintiendo la textura de piel de durazno que tanto le habría gustado conocer—, sólo… sólo soy un hombre.

—¿Un hombre? —preguntó perdiéndose en sus ojos, sintiéndose hipnotizada por la calidez de su cuerpo tan cerca del suyo.

—El cuerpo de un hombre —rozó dulcemente sus labios carmesí—, los deseos de un hombre.

Acto seguido la besó. Tocó sus labios con suavidad, con placer; con el tiempo a su entera disposición. Veneró su boca como un inmaculado regalo, haciéndolo sublime, alentador y adictivo. Mordisqueó el pétalo inferior como si de una fresa madura se tratara. Una fresa dulce, madura, jugosa.

Los sentidos de Rose estaban a punto de explotar. Necesitaba con desesperación algo más; algo que sabía que él podía darle si quería. Pero por todos los cielos que ángel tan malvado y presumido.

Gabriel hizo recorrer uno de sus dedos por la piel de su garganta como si fuera una carretera. Él también estaba aprendiendo, estaba degustando aquello por lo que tantos habían perecido y dejado sus alas. Pero no se imaginaba lo que aquella caricia producía en Rose. Ella sintió estremecer cada célula de su cuerpo, sus ojos tiritaban bajo sus párpados mientras lágrimas ansiosas se filtraban por sus pestañas. Sentía una descarga, una que recorría desde lo más profundo de su cerebro para terminar en sus piernas; volviéndolas de goma.

Sin poder sostenerse por más tiempo, Rose se abrazó a él. Una calma la recorrió completamente cuando él rodeó con sus suaves palmas el delicado cuello para profundizar su beso.

Rose estaba hipnotizada, en trance, fuera de sí misma. El hombre le sonrió sin separar sus labios aún y a continuación cerró las manos con fuerza, produciendo un ligero sonido sordo como de cristales rotos. Gabriel observó su obra por unos minutos y ningún sentimiento de arrepentimiento apareció. Lo hecho, hecho estaba.

A la mañana siguiente el clérigo madrugó más de lo acostumbrado. No había parado de llover en toda la noche y sabía que la pobre Rose seguía allí, quizá un poco congelada por el clima. Abrió la puerta y se dirigió al rincón de Rose, como todos lo llamaban. Lo que observaban sus ojos lo dejó completamente pasmado.

La vio en el suelo, se hincó con intensiones de tomarle el pulso, solo para darse cuenta que estaba muerta. ¡Aquello no podía estarle pasando a él! ¡No a su iglesia!

Pero que lo condenaran, ¡Estaba muerta, Cristo santísimo!

Se tocó el cabello con una expresión perturbada, enmudecida, aterrada. ¿Qué había pasado allí la noche anterior? ¿Qué tipo de bribón había irrumpido en aquel santo lugar y lo había profanado de tal forma? ¡Oh y Rose! ¡Pobrecilla muchacha! ¿Quién en su sano juicio podría ser capaz de hacer algo tan atroz?

¿Qué dirían ahora en el pueblo? ¡Pensarían que él la había matado! Se persignó. Comenzó a transpirar de puro nerviosismo ¿Qué haría? Siempre podía volver a la cama y hacer como si nada hubiera visto. Esperar que el sacristán entrara y se llevara el susto de su vida.

¡No! Esa tampoco era la solución.

Las cotillas de la primera misa pronto llegarían y la encontrarían muerta. Nunca debió aceptar la tutela. No debió decirle que se quedara allí. ¡Todo por culpa de ese maldito cuadro!

Observó el cuadro con intensión de echarle la culpa, el corazón se le detuvo por dos segundos. Gabriel se había movido. ¡Diablos! Ya no miraba a ningún sitio, la miraba a ella. Miraba en dirección a la chica muerta. Pensó que estaba loco y rió histéricamente abriendo y cerrando los ojos a la par que rascaba su cabellera grisácea.

No, el cuadro no podía haberse movido. Volvió a observar con atención intentado ver más allá del simple lienzo. Los ojos grises del ángel habían cambiado. Ahora denotaban una emoción, un júbilo grande. Su sonrisa se figuraba dulce y alegre, no impertérrita. Definitivamente el cuadro había cambiado, no era el mismo. ¡Ese no era el Gabriel que había llegado a San Peters! Un frío recorrió su columna vertebral haciendo que se estremeciera de terror.

Observó a Rose tendida en el suelo. Su expresión sonriente y cálida. ¡Cálida! ¡Jesús! Pero si estaba muerta. Negó tratando de despertar de ese sueño. No podía ser. Volvió la mirada al cuadro. Allí, donde la mano del ángel acariciaba la cabeza rizada de una niña pequeña de gran sonrisa y ojos de lapislázuli.

Decidió dejarse de estupideces y mover el cuerpo de Rose. Al hacerlo de su vestido cayó una rosa blanca junto a una pluma de puntillas doradas. Con ello el clérigo por fin comprendió, que Rose se encontraba con aquel al que había entregado de buena fe su alma.
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Marafariña
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MensajeTema: Re: {El Misterio de la Rosa }   Jue Jun 27, 2013 6:53 pm

Hola Anais...!

Te llevaste mi mención especial! Muy merecida.

Te dejo aquí mi crítica que hice mientras lo leía. Felicidades por tu nombramiento, Orfea de Letras!

Relato que tiene de protanista a Rose... mmm... el juego de palabras es bueno, lo reconozco.

La introducción me ha gustado... me ha gustado mucho. Presentas bien un pueblo, un poco sus habitantes y nos hablas de una misteriosa chica autista. Creo que engancharía a cualquiera. Llama la atención tu mención repetida a la Iglesia y a ciertas creencias....parece una organización que tiene cierto peso negativo en tu relato.

La llegada del cuadro y el cambio en el comportamiento de Rose es curioso... creo que es un astuto giro en la historia. La obsesión por en ángel que no mira crea mucha intriga, y esta muy lograda. Acto seguido, cuando aquella noche lluviosa el ángel habla y se dirige a Rose... cuesta imaginarse un 'milagro así'.

El final del relato, con la muerte de Rose y el ángel 'movido' del cuadro me ha parecido que ha sido sorprendente.

Me ha gustado el relato, creo que está muy logrado y tiene mucha calidad.... aunque la temática de la Iglesia y demás no es mi favorita, tengo que reconocer que me ha impactado.

Un besazo, cielo.
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Anaïs Duchess
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MensajeTema: Re: {El Misterio de la Rosa }   Jue Jun 27, 2013 9:06 pm

...recopitando comentarios.
Gracias, Mara ;)
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